Digna de figurar en el Guiness y hasta en el Museo de Arte de New York, presente cuando hay
que poner la firma en momentos significativos de la vida personal o en importantes acuerdos
entre hombres de Estado, Montblanc, más que una marca, es sinónimo de lapicera. Su fama está
bien ganada: desde el principio sus fabricantes apuntaron a la belleza y a la perfección. Aquí la
trayectoria de una pluma que sigue volando muy alto.
Como toda leyenda, los orígenes
de Montblanc parecen situarse en un lugar y un tiempo imprecisos. A ello contribuye el hecho de que sus archivos hayan desaparecido en el año 1944, tras un bombardeo durante la guerra. Se sabe, sin embargo, que en el año 1906 un papelero de Hamburgo, junto con un banquero y un ingeniero, decidieron dedicarse a la elaboración de plumas. Al cabo de un año, los tres socios incorporan a un nuevo accionista, C. J. Voss, y fundan, en la ciudad citada, la Simplo Filler Pen Company, con la idea de elaborar plumas con su propia reserva de tinta, fáciles de utilizar y de la más alta calidad: adiós tinteros, manchas de tinta y dedos teñidos.
Al cabo de un corto tiempo, esta sociedad
es adquirida por C. J. Voss y dos
nuevos socios, C. W. Lausen y W.
Dziambor, considerados los tres como
los auténticos fundadores de Montblanc, si bien sus primeros productos aún no tenían ese nombre. El que eligieron entonces, tenía relación con la moda de aquellos años: buscando atraer a una clientela distinguida, y dado que Francia representaba la cumbre de la exquisitez, nombraron las plumas “Rojo y negro”, en alusión a la obra de Stendhal. Por cierto, tales eran sus colores: negro para su cuerpo de ebonita y rojo para la
extremidad de su capucha.
Muy pronto la nueva pluma, técnicamente perfecta, cuya publicidad proclamaba que no producía manchas, cobró un gran éxito y adquirió el simpático sobrenombre de “Caperucita Roja”. Pero tal apelativo no resultaba tan gracioso a los socios de la firma, que lo consideraban innoble en relación a la excelencia de su producto. Por ese motivo decidieron cambiar el color rojo del capuchón por el blanco.
Pero aún distaba de tener el aspecto presente,
y es en ese momento cuando una
ocurrencia fortuita cambia la historia.
Según se cuenta, fue durante una partida
de cartas que surgió tanto su forma como
su actual nombre: la pluma iba de mano
en mano entre los participantes, mientras
se les preguntaba su opinión. Entremedio
del humo de los cigarros, alguien dijo: “¿Por qué no denominarla Montblanc?
Al fin y al cabo, su cuerpo es tan negro
como el de la montaña, tiene también su
cumbre blanca y es la más grande entre
sus pares”. El comentario fue tan acertado
que, a partir de ese instante, la empresa pasó a denominarse así.
En 1913, el característico e inconfundible
logo con seis puntas, que representa
los seis valles nevados de la cumbre, se convierte en marca registrada y, un año más tarde, reemplaza al círculo blanco en todos los capuchones.
Meisterstück, una obra maestra
En aquellos comienzos de siglo, tanto en
Alemania como en el resto del mundo,
muchos fabricantes se lanzaban a producir
plumas de calidad. Los emprendedores
socios de la manufactura Montblanc
decidieron dar otro paso creando una pluma tan perfecta que se destacara de las demás. Es así como, en 1924, nació la pluma Meisterstück, en alemán obra aestra, de nobles materiales y producto de una elaboración artesanal, elaborada por artífices que depositaban en su labor años de estudio y de oficio.
El éxito no solamente es internacional,
sino de tal magnitud que la pluma se convierte en la más célebre del mundo,
imponiéndose como el verdadero símbolo
de la escritura y encarnando una belleza perfecta e intemporal.
Los primeros ejemplares eran safeties y con feccionados en ebonita negra, con una gran
pluma de oro entrante. Había tres modelos con los números 25, 35 y 45, respectivamente, que indicaban su precio en marcos. Con tal acabada pieza, el crecimiento de la firma se acelera, a tal punto que desde finales de los años 1920, Montblanc está presente en más de sesenta países, generando campañas publicitarias sensacionales, como estilográficas gigantes sobre los techos de automóviles o aviones con el logo.
En el espacio de pocos años, se producen novedades significativas. En 1928 se introduce como material el celuloide, dando lugar al color en las estilográficas. En 1930 aparece otro elemento característico que permanece hasta nuestros días: la cifra 4810, que es la altura del Mont Blanc, se graba en todas las plumas de oro, indicando la alta calidad del producto.
En 1934, inspirándose en el Art Déco, se modifica el diseño de la estilográfica, dando forma al modelo que conocemos en la actualidad. Ya para esa época, una pluma Montblanc era símbolo de opulencia.
En 1935 la firma acentúa el valor de sus
estilográficas proponiendo para ellas
garantías de por vida: prueba de una calidad irreprochable.
Faltaba aún un último detalle para darle a
la estilográfica un toque definitivo: luego
de haberse utilizado el sistema safety (de
pluma entrante y carga a cuentagotas) y el
lever-filler (ideado por Sheaffer), en 1938
Montblanc finalmente adopta el sistema
de carga a pistón telescópico.

Rumbo hacia el mito
Durante la guerra, la fábrica y los archivos
de la empresa quedan destruidos.
Pero fiel a la perseverancia y al brío que la caracteriza, en 1946 ya está reconstruida para seguir produciendo nuevas series de plumas. Así, en 1948, surge una nueva serie de Meisterstück, la 140, cuyas plumas llevan los números 142, 144 y 146.
El camino ya está preparado para la estilográfica que se convertiría en un verdadero mito: como hijo esplendoroso, en 1952 surge la Meisterstuck 149 y
de inmediato obtiene tal éxito que, en 1959, todos los demás modelos de la manufactura son dejados de lado.
El cuerpo de la estilográfica, de estilo
intemporal, se confecciona ahora con
resina termoplástica moldeada y la pluma con un nuevo método de moldeado
por inyección.
Con cargador a émbolo, tiene un plumín
artesanal de oro de 18 quilates con
incrustaciones de platino, tres anillos plaqué oro y clip plaqué oro.
Ha nacido un clásico, una leyenda, el arquetipo de estilográfica, un objeto de adoración. En el año 1992, una Meisterstuck tapizada de 4810 diamantes es inscripta en el Guiness de los récords como la lapicera más cara del mundo.
Las series especiales
Un capítulo aparte merecen las series
especiales que Montblanc comenzó a producir para celebrar el nacimiento de su estilográfica emblemática. Algunas
de ellas apenas cuentan con setenta y cinco ejemplares para todo el mundo.
En 1992 surgen dos series en homenaje
a mecenas, “Patron of the Art” (4.810
ejemplares) y escritores célebres, “Writers Edition”, tanto como la “Annual Edition” y diversas ediciones
aniversario de producción limitada y
piezas conmemorativas.

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