Como nadie ignora, atravesamos una profunda crisis. Una crisis que, afectando principalmente a Estados Unidos, se extiende a la comunidad europea y a los países asiáticos.
Las causas son muchas: estafadores internacionales, empresarios inescrupulosos, banqueros que buscaron ganancias rápidas y deshonestas, terroristas de Wall Street, Ceos de las multinacionales… y también la codicia, la ausencia de valores éticos, la mentira y el engaño.
Algunos dirán que siempre fue igual, y hay momentos históricos que avalan estas afirmaciones pero ¿qué sucede en nuestra región? Es la primera vez que
no somos los “malos” de la película, como lo hemos sido con el Tequila en
México, o los desastres económicos de la Argentina, entre otros episodios.
Entonces ahora, ¿qué debemos hacer?
Es cierto que América latina está mejor preparada porque en los últimos años se hicieron bien algunos deberes: hubo ajustes importantes en las economías y hay países con fondos para defenderse. Este año la región crecerá el 1.5%, esto esperamos, Y si bien hay que buscar soluciones a corto plazo, no podemos dejar de ver el largo plazo: debe crecerse con buena calidad, con alta productividad, hay que crear empleos, buscar la inclusión social, respetar la diversidad cultural, ser eficientes, equitativos, no olvidarnos del equilibrio ambiental.
Desde luego, habrá riesgos para afrontar, como la caída de los precios de
los commodities, o la disminución de la demanda global. Algunos países
sufrirán la disminución de ingresos de divisas por remesas que envían los
emigrantes. Además, será muy difícil acceder a créditos y habrá una intensa
competencia.
¿Hay remedio para todo esto? Sí: aplicar políticas anticíclicas, invertir en
infraestructuras, en programas para los sectores más vulnerables, sostener
y profundizar los tratados comerciales entre los países.
No esperemos que la solución venga de un solo hombre. Obama tiene muchos problemas en su país, y lo que menos está pensando es en solucionar
los de América latina. Las dificultades las tenemos que solucionar
nosotros, con más democracia, educación, seguridad jurídica y pública, con
controles, haciendo que la verdad sea algo común y no una excepción. Los
ciudadanos debemos participar cada día más, no dejemos que los estafadores
y corruptos le roben a nuestros hijos la esperanza de vivir en un mundo
mejor. Para terminar, les pido a los ciudadanos gobernantes que instrumenten
el castigo más severo para estos delincuentes de guantes blancos,
tanto públicos como privados: deben pagar con la cárcel los delitos cometidos.
Cuando esto suceda, el pueblo de nuestra América latina pensará que
esta crisis al menos sirvió para algo. Si este acto de justicia no se lleva a
cabo, las consecuencias sociales y económicas serán dignas del mejor cine
catástrofe del mundo.
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